En torno a la mujer

Por , el 16 Sep, 2006 en Observando culturaPublique su comentarioImprimir Imprimir

El problema de las comparaciones, especialmente de
nosotros los latinoamericanos, es los parámetros comparativos que
utilizamos. Por ejemplo, cuando nos referimos a nuestras costumbres los
europeos están mejor parados; y si abordamos temas de género,
“pensamos” que las mujeres europeas y norteamericanas gozan de un mejor
estatus.

Pero si miramos la situación de una manera más desprevenida –al margen
de las estadísticas de las organizaciones especializadas– cuando el
contacto es con mujeres de carne y hueso, esa legión de mujeres, que no
contamos en las estadísticas porque nuestras vidas y trabajos son tan
comunes como nosotras mismas, nos vemos repetidas de la misma forma en
la que se repite la imagen de una situación singular en un espejo.

Así, quedamos perplejas ante el hecho de que la realidad de lo que
–según las estadísticas– es la experiencia cotidiana de los habitantes
de esa inmensa porción del mundo, conocida como tercer mundo, es la
misma experiencia de las personas de los países desarrollados. Y
entonces, nos encontramos poniendo esa cotidianidad, que creemos
exclusiva de aquel grupo de personas, como un punto de referencia
“ajeno” a nuestra experiencia de realidad. El que sin duda dejaría de
serlo, si nos acercamos un poco, para reconocerlo, no sólo como
experiencia exclusiva de los “primeros mundos”, sino como una
cotidianidad que también nos pertenece.

Seguramente las estadísticas, a las que hago referencia, se basan en un
segmento de mujeres que pertenecen a las grandes ciudades de Europa y
Estados Unidos: París, Londres, Nueva York, Berlín, Austria, etcétera.
Sin embargo, tomando el nivel promedio de una mujer del “primer mundo”,
se puede ver que, por ejemplo en países de Europa como Suiza,
contrariamente a lo que se piensa, la población campesina es altamente
significativa en términos cuantitativos y cualitativos; y por tanto, el
número de mujeres que hace parte de aquel grupo, desempeña – como
cualquier otra mujer latinoamericana- los papeles en los que las
mujeres nos vemos repetidas: madres, esposas e hijas; quienes asumen el
rol que milenariamente le ha sido designado a la condición femenina.

Las mujeres –del primer mundo o del tercero– son las responsables de la
familia, de las tareas domésticas (cocinar, lavar, planchar, asear) y
del cuidado y crianza de los niños. A lo que además, se le ha ido
sumando, con el paso del tiempo, labores “extras”: el trabajo fuera de
casa.

Por su parte, el papel del hombre, sea en su rol
de esposo, padre o hijo es acompañar. El, acompaña en la crianza de los
hijos, acompaña en la preparación de los alimentos, acompaña, acompaña
y solamente acompaña porque estas no son sus responsabilidades. Visto
de esta forma, las responsabilidades de los hombres como las de las
mujeres es una proclama universal, ya que los roles están muy bien
definidos. Y, en lo que respecta a las leyes y constituciones que
abordan el tema, se hacen un tanto inútiles, puesto que las costumbres
están metidas en los huesos de las unas y de los otros.

En lo psicológico, se puede decir que la mujer, venga de donde venga,
experimenta las mismas dudas y temores. En el caso de las mujeres
maduras, sentirse satisfecha de lo que se ha hecho con cada una de sus
vidas es el sentimiento menos común; ya que la mayoría de las mujeres,
nos embarcarnos, siendo muy jóvenes, en la responsabilidad de una
familia. Lo que lleva implícito una renuncia a nosotras mismas. Como
mujeres estamos educadas para ello: europeas, norteamericanas,
latinoamericanas, africanas, asiáticas; debemos ser lo que se nos pide
que seamos, y en el intento, en el que muchas nos perdemos, la sociedad
“soluciona el síndrome” con los psiquiatras, quienes nos formulan Zolof
o Prozac y nos dan palmaditas en la espalda.

Por otro lado, encontrar una pareja que nos ame de forma adecuada:
respeto a nuestros sueños y expectativas como mujeres, compañeras y
futuras madres es casi obsesivo; ya que, ese prototipo de hombre existe
sólo en nuestro imaginario. Vivimos en un mundo patriarcal, donde
nuestros sueños son caprichos y no hay espacio para expectativas, donde
la cotidianidad es contundente y en donde sólo queda asumir el rol, el
que se lleva como una camisa de fuerza.

Así, somos fieles a nuestra educación no a nuestra naturaleza, y
preferimos amar la nada a pertenecer a la cofradía de las des-adaptadas
o, como se dice en lenguaje coloquial, las solteronas y nos zambullimos
en la responsabilidad de una familia. Entonces, el círculo se cierra
con la llegada de los niños y empezamos a padecer el síndrome de la
histeria. En el mejor de los casos, el padre se marcha porque no
soporta tanta presión y es fiel a su naturaleza o se queda para
acompañar, porque también es fiel a su educación.
La legión de madres solteras y/o separadas está más allá de cualquier
estadística. Este tema sólo se aborda con números porque el discurso no
aguanta la abrumadora realidad.

La inmensa minoría de mujeres, quienes optan por ser fieles a ellas
mismas, pagan un precio social alto: son señaladas y viven en soledad.
Re-inventarse y re-educarse nos plantea dudas en cuanto al referente y
a la referencia: ¿Para dónde voy?, ¿Vale la pena?, ¿Qué hay más allá?,
¿Qué se supone que debo ser?
El re-inventarse ellas implica necesariamente re-inventarse ellos y
solamente así pueden dibujarse un futuro con mayores y mejores
oportunidades. Mientras tanto, seguiremos solamente fabricando niñas y
niños según el molde. Me pregunto: ¿Cuando va a salir la primera
promoción de padres nuevos?

iam@revistaelite.com (mailto:iam@revistaelite.com)
Nota del editor: Rosa Silva es licenciada en administración biblotecaria.

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