Despedidas
Por admin, el 11 Oct, 2007 en Actualidad • Publique su comentario •
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Entre la lírica y el silencio Septiembre es un mes de conmemoraciones. Desde la tragedia del 11-S en Estados Unidos, los últimos fusilamientos de la dictadura franquista en España, el asesinato del presidente Salvador Allende y el inicio de la dictadura de Pinochet en Chile, la masacre de los atletas israelíes en Munich, hasta la Independencia de México y la de Brasil. También se conmemoran los tantos años de exploración espacial, de secuestros masivos, de lanzamientos de software, del terremoto de Ciudad de México, el día internacional del derecho a saber y el día internacional de la protección de la capa de ozono.En septiembre se han ido músicos como María Callas, James Brown y Aldomero Romero, actrices como Grace Kelly, el poeta Pablo Neruda, Edgar Degas, pintor francés, bailarines como Fernando Jhones e Isadora Duncan, la escritora Oriana Fallaci… y, menos público pero más afectivo para la autora, también murió mi abuela. Y justamente fue con ella con quien pude ver a dos de los artistas más importantes del mundo que también murieron en septiembre, el pasado septiembre de 2007: Marcel Marceau y Luciano Pavarotti. Hace veinte años, una tarde de brisa bogotana, mi abuela y mi padre me llevaron a un auditorio universitario para que conociera al mejor mimo del mundo. Iba a ‘escucharlo’ en una conferencia de la que no recuerdo su contenido, pero sí el rostro complaciente y admirado de mi abuela que lo escuchaba con atención mientras mi padre corregía en mi oído a la traductora simultánea que lo acompañaba. Ya entonces Marcel Marceau era un hombre mayor, curtido por la Historia, sencillo e increíble. Esa vez no tenía la cara pintada de blanco ni su traje a rayas, y entonces tampoco yo sabía que su apellido de nacimiento era Mangel, de origen judío, y que durante la Segunda Guerra Mundial tuvo que cambiarlo para escapar de la persecución antisemita. “La gente que volvía de los campos de concentración no podía hablar, no sabía cómo contar […] Tal vez eso influyó en mi elección del silencio”, dijo Marceau al periódico Le Monde, en 1997. De Marceau se dice que rescató el arte de la pantomima y supo imprimirle poesía, porque era un ser sensible y melancólico que contó de otro modo en sus obras la tragedia humana. El “Maestro del Silencio”, fuerte admirador de Chaplin, Buster Keaton y los Hermanos Marx, fue nombrado Embajador de Buena Voluntad de Naciones Unidas sobre el Envejecimiento y ganó múltiples premios durante su vida. Aquella tarde de 1987, cuando el mimo descubrió que la traductora no sabía expresar correctamente lo que él quería decir, se levantó suavemente de la silla, con su rostro marcado por el tiempo y el paso lento y decidido, fue al extremo del auditorio, miró al público y sin decir una palabra más comenzó a relatar con su cuerpo delgado y fuerte todo lo que ahora sí podíamos entender. “La mímica, como la música, no tiene fronteras ni nacionalidades”, dijo alguna vez en una entrevista, y yo entendí que tampoco necesita traducciones; comprendí la fuerza que tenía su expresión de mimo y por qué el mundo podría llorarlo 20 años después, un 22 de septiembre. Tan sólo 7 años después de sorprenderme ante el silencio, yo estudiaba canto en la misma universidad donde conocí la pantomima. La lírica era la nueva forma de la poesía que yo deseaba aprender, “porque no tiene fronteras” ni traducciones. Y, por supuesto, todo el nuevo reconocimiento a la ópera, que se estaba dando con los conciertos multitudinarios de Los Tres Tenores, le daba al bel canto un nuevo aire en la cultura popular. Para la mayoría de los bogotanos, ir al estadio El Campín, significaba el ruido implacable de la multitud, viendo fútbol o escuchando espectaculares conciertos de rock, pop y tropical. Pero ese día de febrero de 1995, el silencio era más que estremecedor. Mi abuela, mi madre y yo nunca habíamos estado en el estadio. Era lleno total, no se veía la grama ni las graderías. En los alrededores la gente esperaba expectante, mientras los aviones cumplían la orden de no sobrevolar durante las dos horas que tardaría el concierto del Gran Tenor del Pueblo. La noche despejada y negra apoyaba al coro y a la orquesta que lo acompañaban. Luciano Pavarotti, quien murió el pasado 5 de septiembre a los 71 años, entonces tenía sesenta y con su impresionante voz y un inigualable recorrido mundial, aliviado del mal de altura con tres tanques de oxígeno en su camerino, esa noche nos cantó arias inolvidables, mientras unos escuchaban vestidos con trajes de gala y otros con ruana y sombrero. Nos regaló varios encores hasta que tuvo que excusarse porque el aire ya no le alcanzaba. Mi abuela lloró sin palabras su emoción de verlo de lejos, y de oír a viva voz “la hermosa música culta que debe acompañar a los hombres”; y yo sentía que lo que había escuchado esa noche era algo más que una impecable técnica vocal capaz de “mover montañas” o llenar estadios: era la magia de la música que –como la pantomima– penetra en el alma sin otro lenguaje que el universal. Hoy, cuando ya pasó otro septiembre, ya no están ni la voz de Pavarotti, ni la expresión de Marceau, ni los besos de mi abuela. Y no tengo más que los versos de Elegía de septiembre, del poeta colombiano Porfirio Barba Jacob, para despedirme del tenor, del mimo y de la “gran mamá”: “Y vosotros, rosal florecido, lebreles sin amo, luceros, crepúsculos, escuchádme esta cosa tremenda: ¡He vivido! He vivido con alma, con sangre, con nervios, con músculos, y voy al olvido…” aavila@revistaelite.com
